Comida y niños: Un reto no tan complicado

Descubrimos un sistema gratuito y duradero que mejora las elecciones de alimentos en los niños.

Comida y niños: Un reto no tan complicado
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De acuerdo a los datos más recientes del Global Burden of Disease study (2019), la alimentación malsana es responsable de una de cada cinco muertes a nivel mundial, siendo el mayor riesgo mortal al que nos enfrentamos –incluyendo el tabaco. De hecho, se concluye que la deficiencia de alimentos saludables es el factor de riesgo más importante. Puesto que las consecuencias afectan tanto a adultos como a niños, conviene señalar que, con respecto a los últimos, solo el 10% de los niños consume verduras diariamente y solo el 29% come fruta en nuestro país. Además, el porcentaje de obesidad en niños españoles se sitúa en el 17,3%, con un 23,3% clasificados como niños con sobrepeso.

Las consecuencias a largo plazo de una dieta pobre en nutrientes afecta principalmente a los niños en su bienestar físico y en su desarrollo cognitivo. Los efectos negativos se pronuncian en la debilitación del sistema inmunitario, en el desarrollo de caries y diabetes, en las dificultades al crecimiento e incluso en la extenuación del rendimiento intelectual.

Diseñar, implementar y evaluar intervenciones que produzcan cambios duraderos en el comportamiento alimentario de los niños es fundamental no solo para comprender mejor los impulsores y la evolución de los hábitos alimentarios, sino también para respaldar los esfuerzos políticos dirigidos a abordar las consecuencias individuales y sociales a largo plazo de una mala nutrición. Aunque se ha demostrado que los incentivos monetarios conducen a una mejor nutrición, hacerlo no siempre es práctico o factible. En particular, este tipo de incentivos no pueden implementarse fácilmente ni de manera permanente a gran escala. Por este motivo, nuestro estudio "Improving children's food choices: Experimental evidence from the field", publicado en la revista European Economic Review, adopta un enfoque diferente para promover una alimentación saludable, prescindiendo de incentivos financieros a favor de proporcionar incentivos no financieros o información nutricional. Este enfoque se puede implementar con un financiamiento relativamente mínimo y, por lo tanto, podría ser ampliamente adoptado.


El Experimento

Para estudiar si es posible influir o incentivar a los niños a tomar decisiones alimentarias más saludables al comer en el colegio, llevamos a cabo un experimento de campo en 12 escuelas primarias españolas con más de 280 niños de entre nueve y diez años.

El diseño experimental incluye cuatro tratamientos. En cada tratamiento, se presentó individualmente a cada niño cinco bandejas (elaboradas por un nutricionista infantil) con un conjunto de alimentos de los que debían elegir cuatro para comer durante la hora del descanso (recreo). Esta intervención se llevó a cabo dos veces en semana durante tres semanas. En el tratamiento de Baseline (control), no se hizo nada más. En el tratamiento Nutritionist, un nutricionista explicó a los niños los beneficios de una alimentación saludable al comienzo del primer día. En el tratamiento Grades, se asoció claramente una "nota" (de 0 a 10) a cada una de las bandejas, con alimentos más saludables recibiendo calificaciones más altas. Finalmente, en el tratamiento Parents, los niños vieron las mismas calificaciones que en el tratamiento de Grades, pero además los padres también recibieron informes semanales sobre la calificación media de sus hijos con respecto a la elección de alimentos en dicha semana; los niños sabían que sus padres recibirían sus calificaciones. Cuatro meses después del final de la intervención, se llevó a cabo una visita sorpresa para medir los efectos a largo plazo después de que se retiraran los incentivos.

Debido a que los niños de la escuela compiten rutinariamente por las calificaciones, hipotetizamos que los tratamientos Grades y Parents generarían competencia entre los participantes. Basándonos en el efecto positivo de la competencia en las elecciones de frutas y verduras encontradas anteriormente conjeturamos que estos dos tratamientos llevarían a elecciones más saludables que el Baseline. También esperábamos que la información proporcionada por el nutricionista cambiara significativamente el comportamiento de los niños, por lo que preveíamos diferencias entre el tratamiento de Nutritionist y el Baseline.


Los padres son la clave

En los resultados dinámicos se encuentra una mejora inicial en la alimentación saludable en el tratamiento Nutritionist, seguida de una tendencia a la baja con el tiempo. El tratamiento Grades no muestra efecto en las elecciones saludables al principio, pero genera una tendencia positiva que mejora el comportamiento con el tiempo. En general, la proporción de elecciones saludables (aquellas con notas 7,5 o 10) es del 36% en el Baseline, del 45% en el tratamiento Nutritionist y del 47% en el tratamiento Grades. El tratamiento Parents tiene efectos mucho mayores, con el 74% de las elecciones de alimentos saludables, más del doble que la tasa del Baseline. Quizás lo más llamativo es que estos efectos persisten con el tiempo, incluso después de la eliminación de información adicional. En la sesión "sorpresa" realizada cuatro meses después (y sin ningún estímulo), las respectivas proporciones de elecciones saludables son del 41%, 47%, 54% y 69% en Baseline, Nutritionist, Grades y Parents, respectivamente. Esto sugiere beneficios duraderos para las intervenciones, especialmente cuando los padres estuvieron involucrados inicialmente.

Figura 1: Porcentaje de elecciones saludables en el tiempo.
Tabla 1: Resultados obtenidos tras tres semanas de intervención.

Entonces, ¿Cuánto hemos avanzado en la mejora de los hábitos saludables en niños?

Una de las tres contribuciones más importantes de este estudio es la muestra de que involucrar a los padres como agentes de cambio y proporcionarles información sobre las elecciones alimentarias de los niños (con el conocimiento de ellos mismos) aumenta sustancialmente la alimentación saludable. En la literatura existente, el papel de los padres se ha limitado principalmente a dos estrategias para influir en la ingesta de alimentos de los niños: la restricción y la presión. Estas medidas tienden a tener efectos contraproducentes: cuando los padres presionan a los niños para que coman un alimento, a los niños les gusta menos; cuando los padres restringen un alimento, los niños lo desean más y comen más después de levantar la restricción. En este estudio, los padres se incorporan al proceso de toma de decisiones de una manera no invasiva. Los padres reciben información sobre la calificación promedio de sus hijos, pero no sobre sus elecciones exactas. Entonces, aunque los padres ciertamente influyen en las decisiones de sus hijos, no pueden dictar ni controlar con precisión los alimentos que eligen sus hijos en la escuela.

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En segundo lugar, el estudio demuestra efectos duraderos ya que las mejoras en la dieta están en promedio completamente presentes durante la visita sorpresa, a pesar de que esta visita cae en el siguiente año académico. Mantener el hábito en el largo plazo es el mayor talón de Aquiles en la literatura relacionada, pero parece que incentivar a los niños a través de métodos no financieros puede fomentar buenos hábitos alimentarios o aprendizaje, lo que arroja luz sobre cómo lograr impactos a largo plazo.

Finalmente, este estudio también contribuye desde una perspectiva metodológica. Estudios anteriores que proporcionaron información nutricional lo hicieron a través de etiquetas que simplemente manipulaban la atracción o transmitían información nutricional que requería un alto nivel de alfabetización y numeración para interpretar. Se ha demostrado que estas intervenciones tienen poco o ningún efecto en las elecciones. Un enfoque alternativo ha sido utilizar códigos de colores que clasifican los alimentos en rojo, amarillo y verde según su salud. Este enfoque muestra resultados ligeramente mejores que el Baseline en una cafetería de hospital, utilizando datos de días laborables. Sin embargo, no hay evidencia concluyente de que las intervenciones de código de colores tengan efectos a largo plazo. Nuestra intervención se aparta de las de la literatura mediante el uso de calificaciones numéricas idénticas a las asignadas a los cursos escolares. A diferencia de la información calórica, los niños tenían amplia experiencia con estas calificaciones numéricas. A diferencia de las etiquetas de colores, estas calificaciones numéricas daban a los niños un criterio con el cual podían impresionar a sus padres y competir entre ellos. Al igual que los niños (y adultos) compiten en el ejercicio, resulta que también compiten en la alimentación saludable cuando se les proporciona un medio para llevar un registro.

La intervención, especialmente el tratamiento que involucra a los padres señala un medio económico y altamente efectivo para combatir los problemas de la mala alimentación y la obesidad infantil que se han expandido en el mundo desarrollado. Si se establecen hábitos sostenibles de alimentación saludable en la infancia, deberíamos esperar menos obesidad en la población adulta. El sistema aquí presentado parece ser una vía prometedora para lograr este objetivo.